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23 October 2017

Dejar allí a mi hijo no fue duro, fue peor que eso


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Fueron tres días enteros en el autobús. En total 3.500 kilómetros, los que separan su ciudad de origen, Bistrita (Rumanía), de Cáceres.

“En ese momento no nos dábamos cuenta pero al bajarnos teníamos las piernas entumecidas”.

Así recuerda Rodica Ana Oniga su primer viaje a Cáceres hace ya 14 años. Ella y su hermana, por mediación de unos paisanos que vivían en la ciudad desde 1997, consiguieron un trabajo y se aventuraron. “Yo tenía un hijo de seis años y tomé la decisión porque por tu familia tienes que hacer lo que sea”. Según cuenta esta joven, los sueldos en su país no le permitían vivir bien, por eso cogió su maleta y con, “mucho dolor”, tuvo que partir sin su hijo. “Dejarle no fue duro, fue peor que eso. Es una sensación inexplicable”, asegura. Sin embargo no podía arriesgarse a traerle con ella, “por mí me daba igual porque te puedes defender como sea, pero un niño necesita cosas que no podía prometer tenerlas desde el principio”.

Una de las desventajas que sufrió Rodica Ana sobre otros inmigrantes procedentes de países de sudamérica era el idioma. “Salimos a la calle y nadie hablaba como el día anterior. Estás fuera de sitio completamente”. Rodica y su hermana apenas habían escuchado el castellano por las telenovelas que se emiten en versión original en su país. “Nunca habíamos puesto empeño en aprenderlo porque eso de irse a vivir a España era como un sueño. ¿Cómo íbamos a ir nosotros allí?” Sin embargo, ya son 14 años los que han pasado y ahora domina el idioma casi a la perfección, incluso trabaja de intérprete ocasionalmente para comisarías, juzgados o prisiones.

A pesar de esta traba, Rodica cuenta que le fue más fácil adaptarse al país de lo que pensaba.

“En la casa donde trabajaba me trataban genial. Conocí a muy buenas personas y a los cinco meses encontré al que hoy es mi marido, un cacereño”. Al principio, relata, “la relación no era fácil porque casi no te comunicas bien”, pero asegura que “cuando hay amor y cariño, no es un impedimento”. Para su hermana no fue tan fácil y acabó volviendo a Rumanía en tan sólo seis meses, “ella no se adaptó”.

Dentro de su familia, en la generación a la que ella pertenece, “de los 25 a los 40 años”, casi todos sus primos y hermanos han tenido que emigrar en algún momento de sus vidas y muchos siguen viviendo en países como Inglaterra o Italia. “En Rumanía hay muchas empresas que no te valoran, así que, si eres buen estudiante y pones empeño, intentas irte a otros países donde sí puedes dar todo lo que tienes”. Rodica también estudió una carrera en su país, aunque al llegar a España no consiguió una convalidación muy acertada. “Lo que yo hice era más parecido a veterinaria y aquí me vale para algo así como agrónomo, así que no he ejercido en esta profesión”.

Cuando se le pregunta por el trato que ha recibido estos años, Rodica admite que ha habido algún momento difícil por el tema del miedo que se generó con la llegada de delincuentes de países del este. “A veces se ponen etiquetas a todos por igual”, pero destaca que ella siempre ha tenido suerte y nunca se ha sentido desplazada.

Y, sobre su futuro, es más complicado hablar.

“Cuando voy a Rumanía, para mí es el paraíso. Soy de allí, son mis raíces, mi vida…, pero creo que tendríamos que estar pasándolo muy mal aquí para irnos”. Su hijo, que vino con 9 años, se siente “más de aquí que de allí” y ella sabe que Cáceres, por ahora, le aporta lo que necesita. “Aunque mi marido siempre dice que si va mal, Rumanía podría ser una opción que barajar para el futuro”, añade sonriente.

Sursa: El periodico

Foto:FRANCIS VILLEGAS

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